
El hombre sostuvo al tiempo
El vehículo avanzaba con dificultad por el camino de tierra, levantando una polvareda ocre que se depositaba lentamente sobre los viñedos. Me dirigía a la Viña Terramater, un nombre que evocaba la conexión profunda entre la tierra y la esencia. Mi misión, como fotógrafo y videógrafo, era capturar el espectáculo efímero del otoño: los rojos intensos y vibrantes de las parras antes de que las hojas cayeran definitivamente. El campo chileno, al acercarse la vendimia, exhala esa mezcla de rusticidad y promesa, de lo árido que se resiste a desaparecer y la explosión de vida que es la uva. Se siente la quietud, la tradición de la siesta sagrada después del almuerzo, pero también se percibe la amenaza latente, el fantasma recurrente de los incendios forestales que azotan la zona central.
Afortunadamente, ese día el único calor era el del sol de media mañana. Sin embargo, lo que sí me golpeó fue el frenesí del marketing y los negocios. Apenas llegué, la Gerenta de Marketing, una mujer joven y encantadora, pero con la energía inagotable de quien persigue metas ambiciosas, me abordó. La planificación inicial se evaporó. Rápidamente se hizo evidente que mi jornada se extendería mucho más allá de lo pactado; había que registrar la cava, las bodegas, la tecnología de punta, y especialmente, Mater, la joya de la corona, la botella más cara y sofisticada que la viña estaba desarrollando.
«Hay que aprovechar que estás aquí, Oscar, para registrar todo lo que se pueda,» me dijo con esa sonrisa que desarma cualquier intento de resistencia.
Internamente, suspiré y me dije: «Después le envío un presupuesto detallado por el trabajo extra. Por ahora, a sumar material.» La cámara se convirtió en una extensión de mi brazo, registrando cada detalle que la gerenta consideraba esencial para el storytelling de la marca.
Al poco tiempo de adentrarnos en el corazón de la propiedad, la atmósfera cambió. Dejamos atrás las oficinas modernas y las bodegas asépticas, y fue entonces cuando la naturaleza reclamó su protagonismo. Los colores se intensificaron: no eran solo rojos, sino una paleta que iba del carmesí al borgoña profundo, mezclado con dorados y ocres, un verdadero espectáculo que solo el otoño, la mejor temporada del año para el fotógrafo de paisaje, puede regalar. Las parras se incendiaban sin fuego, en una explosión cromática.
Mientras caminábamos hacia el centro de producción, donde se concentraba la actividad de la cosecha, mi mirada fue capturada por una figura inmóvil entre las líneas de parras. Era una especie de agricultor, un hombre de campo, con una picota en mano, profundizando los surcos de los regadíos, preparando la tierra para la siguiente temporada o quizás asegurando el drenaje. Su vestimenta era icónica: chupalla (sombrero de paja tradicional chileno) para protegerse del sol, camisa a cuadros roja y negra (me recordó inmediatamente a la novela de Stendhal, Rojo y Negro, una dualidad entre pasión y deber), pantalones de jeans gastados y bototos de seguridad robustos, testigos de incontables jornadas. Se movía con una lentitud metódica, infatigable.
Por un instante, me distancié de la conversación sobre rendimientos y procesos. Me fijé en su rostro, un mapa de arrugas profundas, agrietado por el sol inclemente y el paso de las estaciones. Era un rostro de la tierra. Interrumpí a la gente de la viña, que seguía inmersa en la jerga de la producción.
«Disculpen, ¿quién es esa persona?» pregunté, señalando discretamente al hombre.
«Ah, él es Don Rogelio, lleva sesenta años trabajando en la viña,» respondió la gerenta, sin darle mayor importancia, como si fuera un dato administrativo más.
Esa simple frase tuvo el efecto de un ancla que me detuvo en seco. ¡¿Sesenta años?! Exclamé, dando a mi voz un tono de admiración genuina, casi de asombro anticuario. Quería que sintieran el peso de esa cifra, que entendieran que cincuenta años de vida dedicados a una misma empresa es algo que pertenece a un pasado que se desvanece en la hipermovilidad del siglo XXI.
Fue en ese momento que la visión del marketing se invirtió. Me di cuenta de que el verdadero terroir, la esencia de la viña, no estaba en la botella más cara, ni en la tecnología de las bodegas, ni siquiera en los vibrantes colores de las parras. Estaba en ese hombre.
Como en el aforismo de Zaratustra, lo que la viña buscaba desesperadamente para comunicar su autenticidad —ese valor intangible que eleva un vino de producto a leyenda— estaba tan cerca que no lo podían ver. Ahí, en Don Rogelio residía la verdad más profunda de la viña, de sus vinos, de sus procesos productivos, de su marca. Él era la viña, y lo mejor del storytelling estaba por venir.
Don Rogelio no era una excepción, sino la punta de un iceberg de valor humano. La viña, como muchas en el campo chileno, poseía un patrimonio incalculable: una casta de «viejos» —a esta altura, más bien patriarcas— cuyo trabajo y lealtad merecían un respeto reverencial. Estos hombres fueron jóvenes como cualquier otro, pero eligieron echar raíces en la tierra de la viña. Vivieron en sus predios, criaron a sus hijos y, en algunos casos, a sus nietos, al interior de la propiedad.
Ellos son los que tienen la sangre de los vinos. No es verdad que el vino sea la sangre de Chile. La sangre de Chile, la que da vida y carácter a sus productos más nobles, es la de estas personas: la de Don Rogelio y sus compañeros, quienes con sesenta años de trabajo silencioso se han fundido con la tierra, convirtiéndose en el alma ineludible de Terramater.
Dicen que el verdadero logro en Chile no es pagar las cuentas, sino pasar agosto sin resfriarse ni quebrarse un hueso. 😂 Algunos lo celebran como si hubieran ganado la maratón de Nueva York, pero con bufanda y guatero en mano.


